Fábula de Alfeo y Aretusa
«Fábula de Alfeo y Aretusa» es una fábula de José Antonio Porcel (fallecido en 1794), en dominio público. Tiene 1.106 palabras: unos 8 minutos de lectura en voz alta.
Canto el amor del despreciado Alfeo,cuyas quejas dulcísimas, dolientes,por las amargas ondas de Nereoaún oyen de Aretusa las corrientes.Pues tú, délfico dios, otro deseosiguiendo vas con círculos lucientes,haz que en estas mis cláusulas sonorasyo me corone del desdén que lloras.
Tú, de Arellano honor, Mecenas mío,que aman las Musas y prohija Astrea,que el caudaloso Betis, patrio río,lleno de lustres saludar desea;este mi ocio escucha, si es que fíolo grave dividir de tu tarea;logre yo tus favores entre tantoque los desdenes de Aretusa canto.
Del dios rey de las aguas hija eraninfa de Acaya, a quien la esquiva diosa,cuando desde el Eurota va a su esfera,deja el dominio de la selva umbrosa,que en la tropa de Oréades ligera,siendo la más gentil, la más hermosa,aun ausente de Febo la alta hermana,no desean las selvas a Diana.
No ilustró del Taigeto la escabrosacumbre ninfa más bella, pues la frenteen cada estrella vence luminosalos ojos, que abre al cielo transparente;de cuanto en sus mejillas mezcla hermosahizo con el jazmín, clavel ardiente,queda uno, que en dos hojas se señala,que encierra perlas, y ámbares exhala.
Bajando al pecho de su blanco cuello,mucha nieve en dos partes dividía,sobre cuyo candor suelto el cabello,las hebras de oro el viento confundía;así inunda de rayos el sol bello,nevado escollo al despuntar del día;de sus manos, en fin, son los alboresincendios de cristal, hielos de ardores.
Ésta, de Venus inmortal desdoro,dejándole a la espalda el peso levedel ebúrneo carcaj y flechas de oro,éstas ajusta al arco, que las mueve;penetra el bosque, y el errante corocede al aplauso que a Aretusa debe,porque usurpa a las glorias de Atalantalo cierto el tiro, lo veloz la planta.
Igualmente partiendo su carrera,el sol las blancas horas encendía,cuando Aretusa, que corrió ligeralos arduos montes y la selva umbría,fatigada desciende a la ribera,y en su encendida nieve permitíaque en más bello cenit, con más auroras,el sol hiciese las ardientes horas.
Por laberinto de álamos frondoso,de verdes sauces por estancia amena,profundo un río corre silencioso,o se desliza con quietud serena;de éste un remanso advierte delicioso,que no le esconde la menuda arena,pues contaba en sus senos transparentesuno a uno sus cálculos lucientes.
La calurosa ninfa, que procuratérmino a sus afanes deseado,solícita registra la espesura,por si alguno la advierte Acteón osado;la soledad el sitio le asegura,y habiendo sus despojos confiadode un sauce, dio al cristal el blanco bulto,donde quedó cubierto, mas no oculto.
En el claro remanso, no lasciva,o se abate, o se eleva, o se recrea,pareciendo en la espuma fugitivasegunda de las ondas Citerea;sus brazos (blancos remos, en que estriba)cortan las aguas, y si lisonjeael viento de sus hebras el tesoro,bajel es de marfil, con velas de oro.
En hondas grutas de cristal lucienteel dios Alfeo, entonces sosegado,oye turbar sus aguas, y la frentealzó, de verdes cañas coronado;mira la blanca ninfa, mira, y sientedulces incendios en su pecho helado;y suspensos sus rápidos cristales,así siente su amor, así sus males:
«Si piensas, ninfa bella, que no duraun instantáneo amor, y excusas fierael bien que me promete esta ventura,para crecer, amor tiempos no espera.Si el ver y el adorar una hermosurason dos cosas, ninguna es la primera;yo te vi, yo te amé, y otros amantesno te adoraron más, te amaron antes.
»Calurosa y cansada, tus fatigasrecibieron benignas mis arenas;dulcemente en mis aguas ya mitigasel calor y el cansancio, y no mis penas;ya que en mi propia urna tú me obligasa beber el veneno que en mis venasarde, reciproquemos los favores:mitiguen tus cristales mi ardores.
»Dueño soy (si soy tuyo ¡qué fortuna!)de cuanto engendra la ribera amena;mil arroyuelos desde su alta cunabajan su plata a mi dorada arena;contémplase en mí el sol, la errante lunaaun no se mueve en mi quietud serena;mas ¿para qué numero bienes tales,si ya sólo soy dueño de mis males?»
Dice; y lascivo apenas se adelanta,cuando ella de sus ondas se le eximeintrépida, fiando a veloz plantanobles defensas, que el amante gime;mas, como aunque a Aretusa en fuga tantaalas preste el desdén, nunca reprimesus esfuerzos Amor, que es dios alado,vuela ella esquiva, y él enamorado.
«Aguarda, espera», dice; «oh ninfa, tente.¡Oh si el amor un muro te opusiera!Teme de áspid dormido el mortal diente,cuando no el pomo de oro en tu carrera;más ¡ay de mí! que ni el metal luciente,ni el veneno mortal te suspendiera,pues no detuvo ya tu pie divinomi pena más mortal, mi amor más fino».
Sorda Aretusa, y más veloz que el viento,huye, y el dios, que en vano ya la nombra,tanto se adelantó en su seguimiento,que una vez abrazó la amada sombra;del fatigado pecho el recio alientoel tierno oído de la ninfa asombra;y como el dios acuoso la seguía,creyó que húmedo el austro la impelía.
Así afligida con el riesgo instantela casta compañera de Diana,contra el esfuerzo del insano amante,a su deidad apela soberana.«Oh diosa», dice, «si guardé constantetus santas leyes, y si aplausos ganatu decoro, defiende de este impíomi honor por tuyo, cuando no por mío».
La diosa, conmovida al justo lloro,de opaca y densa niebla rodeada,la oculta, y luego la madeja de orocorre en hilos de plata liquidada;no de coral, de aljófar es tesorola sangre de las venas desatada,y al deshacerse en los cristales puros,bullen la blanda carne y huesos duros.
Entre tanto, cual dando vueltas ciento,en alta noche el can infiel dormido,a espacioso redil el lobo hambrientoaúlla, y crece el mísero balido;tal gira en tornos, firme aún en su intento,la opuesta nube el dios; y más rendido,por si su ingrata bella aún no se excusa,«¡oh mi Aretusa», clama, «oh mi Aretusa!»
Desató el viento, en fin, la niebla fría,dejando en descubierto al triste Alfeo,fuente ya, a aquella por quien su porfíatorpes delicias prometió al deseo.Vuelve a sus aguas, nunca a su alegría;aunque, por corto de su dicha empleo,le conceden que junte en su corrientede su amada Aretusa con la fuente.
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- Wikisource: Fábula de Alfeo y Aretusa — Texto en dominio público; transcripción CC BY-SA 4.0 (consultado el 28 de octubre de 2026)